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Dentro
de pocas generaciones, el catalán, el gallego y el euskera
se extinguirán por el imperativo histórico que hizo
morir el latín, pero también por el odio que provocan
contra esas lenguas sus defensores más fanáticos,
los filólogos y políticos que al imponerlas aplican
la máxima de que la letra con sangre entra. Durante centenares
de años, esos idiomas se transmitieron con amor, con nanas,
en conversaciones familiares y en juegos. Por eso, ni siquiera Franco
consiguió erradicarlos: ellos tampoco podrán exterminar
el castellano, como quisieran. Muchos niños están
angustiados porque la lengua madre autonómica es creciente
motivo de castigos y de suspensos en las escuelas e institutos.
Y es fácil observar en al menos dos de esas tres comunidades
que cuando no se sienten vigilados, juegan mayoritariamente en castellano.
Saben que su lengua madre es prescindible en un mundo en el que
el castellano y el inglés son formas de comunicación
universales, no locales, para un mundo globalizado y sin inquisidores
idiomáticos.
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