El Cambullón
 
El observador impertinente

Carlos E. Rodríguez

Contacto, diálogo, negociación

Ha cambiado el sonido. Por lo menos, se ha modulado. Mariano Rajoy ha regresado a su propio personaje después de aquella inesperada excursión por los riscos del monte, que tanto sorprendió a suyos y contrarios. Desde aquel desolador choque de trenes entre el diálogo con ETA y la traición a los muertos, populares y socialistas muestran indicios de que están en el recorrido de vuelta al espacio razonable de consenso que entiende cualquier ciudadano: diálogo no es lo mismo que negociación, el abandono de las armas es previo al diálogo, el objetivo del diálogo es el fin de la violencia y nunca se traducirá en beneficios políticos para los terroristas.

Ahora bien, del mismo modo que la ausencia de resultados políticos para los terroristas es lo que diferencia diálogo de negociación, mirado por el envés significa que hay otros acuerdos, no políticos, que pueden eventualmente deducirse del éxito de un proceso de renuncia a la violencia, una vez consumado el abandono y entrega de las armas. Por ejemplo, el acercamiento de los presos, incluso un matizado y prudente acortamiento de condenas. Pienso que a esto se refería meses atrás el profesor Peces-Barba, cuando fue tan mal traducido por los dogmáticos del ojo por ojo. "Paz, piedad, perdón", reclamó en hora dramática un gran español. El recuerdo de las víctimas y la obligada atención a sus familiares no debiera convertirse en obstáculo para una salida pacífica que nos evite a todos la tragedia y el miedo a nuevas víctimas en el futuro.

Que el buen sentido empieza a abrirse un camino, aunque sea estrecho, entre los dogmas y las intolerancias, lo indica la reunión del viernes entre el alto comisionado y nada menos que 25 asociaciones de víctimas y sindicatos policiales. Tan solo la AVT de Francisco Álvarez dio la nota discordante con el envío de una representación rebajada al nivel de un par de "técnicos". Los acuerdos de la reunión pueden suscribirse por cualquier persona de bien: trato igual para todas las víctimas, diseño de un protocolo integral de actuación frente a los atentados para las fuerzas policiales y las autoridades sanitarias, actualización de la ley de solidaridad y más atención al estrés postraumático. Esto es hablar de lo que importa, de las víctimas, y no de política de partidos.

Mientras el profesor Peces-Barba y las asociaciones de víctimas y de policías hablaban de un modelo social avanzado de amparo a las víctimas, la AVT mantiene la convocatoria de una manifestación contra el acuerdo aprobado por el Parlamento. Es una manifestación, por tanto, estricta y netamente política, que maneja el dolor de las víctimas como arma de batalla política. Advierte Alcaraz que la manifestación no es contra el Gobierno, sino contra una medida política. En ocasiones, las palabras sólo sirven para ocultar los pensamientos. Esta vez ha sucedido lo contrario, y es que la manipulación de las palabras ha servido para exhumar los pensamientos. No es contra el Gobierno, es contra la decisión del Parlamento que representa la soberanía nacional y popular. No es contra el Gobierno, es contra el sistema. O esto se corrige, o ya saben los que vayan contra qué van. El PP de Toledo ha empezado a fletar autobuses para ir a la manifestación. Mariano Rajoy debiera impedirlo.

El diálogo para acabar con la violencia se ha intentado muchas veces. Tantas, que es natural la duda ante el proceso ahora puesto en marcha. Se intentó cuando la transición. Volvió a intentarse en tiempos de Felipe González y su movimiento más llamativo fue la mesa de Argel. En la etapa de Aznar hubo conversaciones en Suiza durante la tregua. De esta última frustración quedó el sereno rechazo a cualquier tregua. Para iniciar el diálogo, y la vicepresidenta Fernández de la Vega lo ha dejado bien claro, no basta con una tregua, sino que ETA debe abandonar definitivamente las armas y disolverse. Hay que agradecer a la vicepresidenta, en sus declaraciones del viernes tras el Consejo de Ministros, una definición precisa de las etapas del proceso. Indica que se ha aprendido de los errores que frustraron los intentos del pasado y se han extraído consecuencias lógicas.

No es lo mismo contactos que diálogo, ni es lo mismo diálogo que negociación. Si he entendido bien a Fernández de la Vega, habrá contactos sólo cuando deje de haber atentados. Habrá diálogo sólo cuando ETA haya anunciado el abandono definitivo de las armas. Y nunca habrá negociación política con ETA. Mientras ETA no abandone las armas, la propia organización habrá querido estar recluida en el espacio estricto de la lucha policial. Contra una ETA en armas la política tiene poco o nada que decir, es asunto de las fuerzas de seguridad del Estado. Ha llegado la hora de la verdad, y un PP que representa en torno al 40 por ciento de la representación ciudadana, no puede quedarse fuera de un proceso de paz que conviene a todos, por mucho que esté vigilante para que, en efecto -y no sólo por respecto a las víctimas, sino también por respeto a todos los ciudadanos y a la democracia misma-, no se produzca ni una tilde de resultado político para el terrorismo.

Al otro lado, si Batasuna pretende, para el fin de la violencia, que el PSOE "se desmarque del PP", significa, se lea como se quiera, que Batasuna -organización definida como terrorista por la Unión Europea- no quiere el fin de la violencia, de la que obtiene la ocupación, por el miedo, de un espacio que pretende de izquierdas. Como es natural, todas las especulaciones se han desatado esta semana en torno a la detención, encarcelamiento y rápida excarcelación del líder visible de Batasuna, Arnaldo Otegui. La vicepresidenta Fernández de la Vega pidió -en términos simbólicos- una jofaina para lavarse las manos: no hubo ni habrá instrucciones del Gobierno, el fiscal general tiene autonomía. Reconoce, eso sí, que el Gobierno tiene y administra información sensible para la seguridad del Estado y de los españoles. Los más suspicaces se han preguntado a qué o para qué fue llevado Otegui un par de días a la cárcel, y por qué su apacible declaración a la salida de Soto del Real: "Mi encarcelamiento no altera en nada la apuesta por la paz".

El nudo "gordiano", la contradicción interna del proceso, es la necesidad de unos y otros de vender el mismo menú con descripciones diferentes. Al nacionalismo le conviene decir a sus seguidores -a los convencidos, pero sobre todo a los sometidos por miedo o conveniencia- que el proceso de paz tiene lecturas y réditos políticos. Es una cuestión de supervivencia, porque el negocio del nacionalismo es el amparo que la violencia presta a la colusión de política y negocios. Si la violencia cesa, al menos debe hacerlo de manera que no se pierdan los réditos políticos del miedo y el clientelismo. De otro modo, la sociedad liberada volvería a la normalidad del debate ideológico entre derechas e izquierdas, debate en que el nacionalismo, que es esencialmente una interesada ofuscación de la razón, poco o nada tiene que decir.

En cambio, el Gobierno y los partidos democráticos necesitan dejar claro que la paz es un derecho por el que no se paga precio político. Otra cosa sería llevar el país al peligroso terreno de la rentabilidad de chantajes terroristas de cualquier tipo. Ni lo aceptarían los ciudadanos ni el resto de los países democráticos, ahora inmersos en una actuación común contra el terrorismo internacional en todas sus formas.

Tal es el nudo que obstaculiza el camino a Rodríguez Zapatero. Si consigue el fin del terrorismo etarra sin pagar precios políticos inaceptables, tendrá el respaldo de la opinión pública y la posibilidad de consolidar y mejorar su mayoría. Si por precipitación en la búsqueda de un atajo, la ciudadanía llegase a percibir un pago político por la paz, el rechazo de la opinión pública se convertiría en obstáculo casi insuperable para el consenso en torno a parámetros avanzados del modelo de Estado de las autonomías. En el círculo de crispación negros nubarrones podrían cernerse sobre el horizonte español. Muchos pensamos, o queremos pensar, que puede abrirse el camino, pero probablemente este nudo no admite la solución alejandrina del corte con la espada, sino que reclama delicadeza, finesse, mucha paciencia y diálogo para desanudarlo.