El Cambullón
 
Pedro Páramo
El reloj, señor presidente

Al presidente del Congreso de los Diputados le aguardan horas amargas si el nuevo reglamento de la Cámara no permite que en ella se hablen lenguas distintas al castellano. Siempre habrá diputados nacionalistas que se saltarán la norma para hablar en alguna de las otras lenguas de España y a Manuel Marín le corresponderá llamarle la atención desde la presidencia para que se exprese en el idioma oficial en todo el país.

Nunca he comprendido por qué el señor Marín lleva tan mal que los diputados catalanistas se empeñen en hablar catalán o los del PNV se expresen en euskera, si las normas del Parlamento no lo prohíben expresamente, teniendo él a mano una valiosa herramienta. El presidente del Congreso tiene la misión de ordenar los debates, pero no deberían preocuparle ni las formas ni los contenidos de las intervenciones de los parlamentarios más allá de lo exigido por la corrección y el respeto debidos a las personas.

El Parlamento está hecho para hablar y los diputados gozan de inmunidad parlamentaria precisamente para expresarse sobre lo que quieran como les venga en gana. El hecho de que algunos parlamentarios renuncien a su derecho a ser comprendidos es cosa suya. Se supone que un parlamentario ha sido elegido para exponer los deseos de sus electores donde se toman decisiones que obligan a todos los españoles; se supone también que los parlamentarios han de expresarse de forma que esos deseos sean comprendidos por el máximo posible de los diputados que han de votar las leyes. Entiendo perfectamente que un diputado catalán, vasco o gallego aproveche sus intervenciones en el Congreso para que sus votantes escuchen lo bien que habla catalán, euskera o gallego; en última instancia, serán sus representados quienes luego le juzguen por su eficacia para que las leyes recojan sus respectivos intereses. Pero, del mismo modo, también comprendo que otros diputados que no entiendan ni hablen ese idioma ni respondan ni tomen en cuenta los parlamentos de los congresistas que no se expresen en la lengua común de los españoles.

Si yo fuera el presidente del Congreso, me daría igual que los diputados hablaran el gallego, bable, catalán, vasco o esperanto. No me importaría, incluso, que se expresaran en estos idiomas y alguno más en cada parlamento; me sentiría liberado de atender a los contenidos y las formas de los discursos y podría concentrarme en la mejor herramienta de que dispone el presidente: el reloj. He observado que todos los parlamentarios comienzan sus discursos en otra lengua, traducen luego su intervención al castellano; he observado que al hacerlo fuerzan la elasticidad de los tiempos de estas intervenciones; pues bien, señor presidente, ahórrese sus disgustos, no los riña ni los reprima: sencillamente, no les regale ni un segundo.