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Este es un domingo
preocupante para los europeístas con problemas cardíacos. Mientras
los franceses votan su dictamen sobre la Constitución de la Unión
Europea, en la espera del resultado es probable que algunos partidarios
de que el proceso de integración continental avance acabemos sufriendo
los desarreglos propios de tantas horas de contener la respiración.
No hay que ser catastrofistas ni pensar que un no cegaría todas las vías que existen para que la unión de los 25, y pronto 27, siga adelante, pero la realidad cruda y dura es que si las urnas confirman el rechazo galo al proyecto, el revés para los planes en marcha será morrocotudo.
Habrá que estar preparado esta noche por lo tanto para que la confirmación de esas perspectivas no nos coja con las defensas bajas. Todas las encuestas previas coinciden en anticipar el pesimismo con que se han abierto las urnas y se aguarda el escrutinio. Una victoria del sí, sería la sorpresa incluso para los optimistas.
Suele decirse que los referéndum se promueven para que gane el sí, que es lo habitual, pero en Francia el sí ya cosechó alguna derrota memorable, incluso contando con el respaldo del influyente De Gaulle. Hay precedente, por lo tanto. Hoy la esperanza, lo último que se pierde en política y en salud, está cifrada en dos posibilidades remotas, pero posibilidades al fin: que en el momento decisivo muchos votantes reaccionan con sensatez o que las encuestas fallen.
Porque las encuestas fallan, aunque en Francia menos. Por otra parte, ante las urnas suele decirse que los votantes no se equivocan nunca, y es cierto. Si votan con libertad y conforme a su conciencia, su voto no puede ser criticado. Lo malo es cuando acuden a los colegios mediatizados no tanto por su convicción como por el error en el planteamiento.
En Francia hay un núcleo importante de partidarios del no que responden a argumentos contrapuestos y algunos a motivaciones ajenas al texto constitucional. Muchos responden a los principios sectarios de una izquierda, la comunista, que se resiste a amoldarse a los nuevos tiempos, y otros, por el contrario, a los argumentos nacionalistas y xenófobos de la extrema derecha. Pero también están bastantes ciudadanos de principios democráticos indiscutibles e ideas más o menos conservadoras o más o menos progresistas que votarán en contra por razones políticas coyunturales.
Son ciudadanos que discrepan del Gobierno, un Gobierno que se ha revelado poco eficaz, bien es cierto, y muy especialmente de Chirac, hombre de carisma limitado y trayectoria polémica, con el que una buena parte de los franceses no concuerdan y otra empieza a sentirse hastiada. Muchos de los rechazos que se esperan responderán seguramente al deseo de propinarle una colleja política a un presidente que concentra muchos poderes y, además, empieza a dar la sensación de que se está eternizando en el cargo.
Lo malo es que esa colleja, que desde luego no le dejará indemne ni al margen de las consecuencias políticas, será sobre todo un duro castigo para un proyecto de futuro como es el de la integración europea, que no se lo merece.
Confiemos en la sorpresa. Para enfriar el champagne habrá tiempo.
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