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En el tomo correspondiente al Infierno de la Divina Comedia de Dante, en el canto XXVI y en concreto en los versos ciento treinta y tres y siguientes, hay una alusión clara a las Islas Canarias y, en concreto, al Teide y a su majestuosidad en medio de un "mar sin gente", que es como describe el autor de la Comedia al Océano Atlántico, para él todavía mar ignoto en la fecha en que escribe su obra.
Dante llega a nuestras islas a través de un viaje apócrifo del Ulises dejado en Ítaca por el Homero de la Odisea. Ese Ulises releído por Dante no se resiste a morar en su pequeña isla mediterránea, "recortada, pedregosa y agreste", la meta de un retorno final que Dante se niega a otorgarle, pues moviliza al héroe homérico hacia las Columnas de Hércules, hacia el estrecho de Gibraltar.
Después de atravesar ese simbólico fin del mundo y después de haber visto iluminarse y apagarse la esfera de la luna en cinco ocasiones, Ulises atisba "una montaña, bruna por la distancia; y se elevaba tanto que tan alta no vi jamás ninguna". Dante ha conducido a su Ulises particular a un territorio que no puede ser sino el de las Islas Canarias soñadas por sus antecesores Homero, Hesiodo, Platón...
Ningún territorio insular de esa parte del Atlántico puede confundirse con lo descrito por Dante en sus tercetos encadenados y en sus endecasílabos lúcidos y ritmados. Igual que habíamos sido apetecidos por la mitología griega y romana, ahora lo éramos por la poesía escrita en el toscano tan flexible para cualquier traductor de la Comedia del Dante. Sobre todo lo señalado hasta aquí, escribió en 1954, con la competencia acostumbrada, Alejandro Cioranescu, en su estudio sobre "Dante y las Canarias", compilado en el volumen Estudios de literatura española y comparada.
En 1314-1320, periodo en el que se elaboró la Comedia, las Canarias seguían siendo objeto poético, aunque ya las navegaciones genovesas alcanzaban los paralelos y los meridianos de nuestros suelos volcánicos.
El Ulises de Dante no pudo contener su ansia de viajar hacia el oeste, quizá para contaminarnos a nosotros mismos, canarios y atlánticos, de la idea de que ese oeste era mucho más ancho y ajeno todavía.
Los canarios no hemos podido impedir nuestros sueños de irnos hacia el oeste, como no han podido tampoco hacerlo los habitantes de tierras de nuestra misma longitud.
El escritor británico John Berger le aplicó en su día esa misma obsesión a los seres instalados en las costas occidentales de Europa sobre el Atlántico, a saber, las Highlands de Escocia, Galicia, Donegal en Irlanda, Lands End en Inglaterra o la Bretaña en Francia. Todos ellos anhelan e impulsan travesías hacia el poniente y hablan de los millones de personas que se fueron y a quienes el sol recuerda cada tarde al ponerse.
Hay un deseo de aventura y un presentimiento de encontrar al otro lado de las aguas el Paraíso que griegos y romanos situaron durante muchos siglos en ámbitos cercanos a lo que hoy es nuestro Archipiélago. El sueño, por tanto, no ha hecho sino trasladarse un poco más hacia el ocaso.
Lo que fue un sueño de un almirante genovés, se convirtió un doce de octubre de 1492 en pura realidad para asombro de todos aquellos que nunca creyeron en los duermevelas geográficos de Cristóbal Colón.
Por eso los canarios tenemos tanta afinidad con los americanos: unos y otros fuimos soñados antes que encontrados por un occidente que jamás estuvo seguro de los límites del mundo. Quizá a los que habitamos estas islas no nos ha guiado, en nuestras emigraciones americanas, tan solo la necesidad de nuevas tierras para una supervivencia más digna, acaso fue un aliciente mayor el cumplir el atávico sueño de encontrar algo más embriagador al oeste de nuestras menguadas tierras y de nuestros mares desmesurados.
Canarias limita al este con el desierto mayor del mundo y no sólo con una cultura ajena sino con toda una civilización como es el Islamismo, y al oeste con el segundo océano del planeta, con ciento seis millones de kilómetros cuadrados de agua, de abismos inmensos, y con muchos más millones de curiosidad. Son dos motivos para hablar, además de insularidad, de virtual aislamiento.
Ese enclave geográfico disparó muchas mentalidades en el Mundo Antiguo y las hizo soñar con Canarias y vincular a nuestras islas a conceptos míticos, imaginarios. Así, los Campos Elíseos de Homero, las Islas de los Bienaventurados o de los Afortunados de Hesiodo, la Atlántida de Platón, y tantas otras denominaciones adscritas más a la fantasía que a la razón.
Nacimos primero para la mitología y la lírica y luego para la realidad. Lo hemos repetido quizá con demasiada insistencia
Cuando estudiamos nuestra cultura insular no debemos remitirla sólo al referente español peninsular, tendríamos que incluirla en lo que el hispanista británico John Elliot defendió el 16 de octubre del 2000 en su conferencia de apertura de la XIV edición del Coloquio de Historia Canario-Americana, es decir, tendríamos que incluirla en una unificada "Historia del Atlántico", una manera de ver las cosas que neutraliza esa otra multiplicidad de visiones parciales que predominan en las últimas décadas. Visión de conjunto frente a infinidad de diminutas imágenes, la historia de unos y de otros es imposible sin el estudio de las reciprocidades y de los imaginarios totalizadores. Lo que recomienda ahora Elliot es lo que ya intentó Antonio Rumeu de Armas (aunque el "hispanista" Elliot no cita ni una sola vez a Rumeu en las cincuenta y cinco páginas de su conferencia, editada por el Cabildo de Gran Canaria en el año 2001) en su libro monumental intitulado en su reedición en facsímil de 1991 Canarias y el Atlántico, que entre 1947-1950 había aparecido con el rótulo de Piraterías y ataques navales contra las Islas Canarias, una empresa que emulaba a la del historiador francés Fernand Braudel con respecto al Mediterráneo con su magna obra El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, de 1949, es decir, publicada dos años más tarde que la de don Antonio Rumeu.
Mitad somos lo que somos, y otra mitad lo que pensamos. Como sostenía mi admirado Edward W. Said, todas las naciones son en definitiva narraciones. Son las cosas que se cuentan de los pueblos y las cosas que cuentan los pueblos, las que determinan en cierto modo la personalidad de los mismos, y Canarias en ese sentido no es una excepción. Todo lo contrario. Fuimos siempre parte de un espacio oceánico que las mentalidades más lúcidas de la antigüedad y del medioevo se dedicaron a imaginar con toda clase de licencias, hasta que las neblinas de la fantasía y de la ilusión dejaron paso a la simple y llana realidad, que en el principio de los tiempos se parecía mucho a los sueños que otros habían tenido sobre nosotros. Pero luego la acción del hombre se fue encargando de destruir el mito a base de agredir y de agotar a la amable naturaleza.
¿Qué queda de aquellos sueños, qué queda de las Canarias con la que se encontraron los europeos allá por el siglo XIV?
He vuelto hoy sobre estas viejas reflexiones porque deben servirnos
de guía permanente para frenar la destrucción de un legado que muchos
de nosotros nunca se merecieron.
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