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Uno de los grandes placeres a
los que Carlos Gardel se entregó sin remordimientos fue a
la buena mesa (y no solo buena sino también abundante). En
una época donde las relaciones públicas se desarrollaban,
en gran medida, alrededor de la mesa y donde también, se asociaba
la comida con la amistad, Gardel era un auténtico sibarita
y cuando podía se quería dar todos los gustos.
A pesar de las nuevas exigencias planteadas por su carrera
cinematográfica, Gardel se dejaba llevar por el placer de
la comida y se las rebuscaba para complacer sus gustos más
exóticos. Por ejemplo, cuando estaba filmando en los estudios
franceses de la Paramount en Joinville, después de largas
charlas, y pese a los inconvenientes propios del idioma, logró
que el cocinero aprendiese a cocinar el locro y el puchero
criollo, con los que se daba verdaderos atracones.
Esto ocurría mientras filmaba con Imperio Argentina “Melodía
de Arrabal”; ante tan pantagruélica dieta , su gordura volvía
a ganar la partida. Imperio le había advertido de la peligrosa
situación en que se encontraba, agregándole el dato de que
en la pantalla de cine , la figuras aumentaban su tamaño un
25 por ciento. Ante esta advertencia Gardel respondió con
algo inesperado: se mantuvo con una dieta de yogur y nada
más. Así logró bajar tres kilos en siete días. Visitaba a
la familia Razzano y por encima de las cuestiones propias
del negocio que lo unía con José, también lo hacía por el
risotto que cocinaba. la mujer de su compañero. El olor de
los distintos hongos y el color del azafrán le gustaba tanto
como la compañía de aquella familia. Más allá de las dificultades
y de lo traumática que le resultaba su relación con la familia
Del Valle, padres de su novia Isabel, había un momento en
el cual para él todo quedaba de lado. Cuando la madre de ella
preparaba la paella a la valenciana, parecía que el mundo
se detenía alrededor, ya que éste era uno de sus platos predilectos.
La madre de Isabel cocinaba la auténtica receta española.
Los olores que la preparación despedía llenaba de expectativas
a Carlos, quien llegaba una hora antes para no perderse el
rito.
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Cuando la madre de ella preparaba la paella a la valenciana,
parecía que el mundo se detenía alrededor, ya que éste
era uno de sus platos predilectos. La madre de Isabel
cocinaba la auténtica receta española. Los olores que
la preparación despedía llenaba de expectativas a Carlos,
quien llegaba una hora antes para no perderse el rito. |
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La receta terminaba cuando le ponían los caracoles, la merluza
o el pechito de cerdo. Esta era una comida para ricos o pobres
por igual, ya que daba lo mismo hacerla con bacalao que con
variación de carnes y pescados. Lo importante era no alterar
la receta original. Y eso también lo sabía Carlos. Pero la
debilidad que sentía ante una buena comida le producía a la
esposa de Guillermo Barbieri estallidos de furia. La predilección
del morocho por los ravioles caseros que se preparaban en
la casa de Parque de los Patricios, era famosa. Las dificultades
empezaban apenas se anunciaba su visita, Entonces todo el
mundo corría porque Guillermo siempre quería agasajarlo como
Dios manda. Cuando el cantor aparecía, las tareas del hogar
se redoblaban y terminaba la paz familiar. Tal vez Astor Piazzolla
no hubiese conseguido su primer trabajo como canillita en
la película “El día que me quieras”, en Nueva York en 1934,
de no haber sido por la habilidad de su madre, Asunta Minetti,
para preparar los spaghettis con tuco (una salsa de albahaca).
Cuando Gardel conoció al bandoneonista, doña Asunta era
una mano experta con las pastas. Después de comer, durante
la sobremesa el pequeño Astor tocaba en el bandoneón fragmentos
de George Gershwin y también de música clásica. El tango,
todavía, no le era familiar, pero Astor anteponía su enorme
voluntad de intentar acompañar a Gardel con su fuelle. El
mismo Astor Piazzolla contaba que Gardel le decía: “Pibe vos
tocando el bandoneón sos un fenómeno, pero para el tango sos
un gallego...” El champagne francés era su bebida favorita,
o por lo menos no perdía oportunidad de declarar que todo
lo regaba con esta bebida. Si no, nada..
El plato preferido de Gardel era el Puchero
Dicen que fue un personaje llamado El Aviador,
que regía su vida por un libro napolitano de los sueños,
que los relacionaba con números, que fue él
quien convenció a Gardel que su número era el
cuarenta y ocho, el famoso morto chi parla. Y
en el restaurante de Buenos Aires El Tropezón,
la mesa de Gardel, permanentemente reservada a su nombre,
llevaba ese número. La pidió por primera vez
en el local de Callao y Cangallo, cuyo techo se hundió
en 1925 provocando una catástrofe y en la siguiente
mudanza a Callao 248.
Gardel tenía muy buen diente y, pese a su nacimiento
francés, pareciera que no era mayormente afecto a las
tendencias de Escoffier: el puchero estaba entre sus platos
habituales, puchero que obviamente practicaba en El
Tropezón, pero también en otros lados,
Ferrari, Scafidi, y especialmente, dada su afición
a las carreras de caballos, en el pabellón París
del hipódromo de Palermo.
De este lugar se derivaría, según memoriosos
testigos, el dicho bonaerense comer como en París,
que no implica ninguna alusión a la capital de Francia
sino a aquel memorable restaurante, sitio de encuentro de
todos los aficionados que no eran socios del Jockey Club bonaerense,
decorado lujosamente y que ahora abriga modestamente la confiteria
del hipódromo. Allí el puchero eran tan sofisticado
que se llamaba, obvia traducción literal de la expresión
francesa que describe algo parecido, marmita y
se servía en un carrito rodante. Este puchero era famoso
en la ciudad por el refinamiento y cuidado de su preparación,
sin igual, según los conocedores.
Entre los que compartían frecuentemente la mesa con
Gardel estaba el cuidadorNaciano Moreno, morocho, grandote,
gastador, gran profesional, quien tenía la costumbre
de protagonizar el siguiente número: pedía una
ensalada de lechuga; cuando se la traían la miraba
con desconfianza y tratando quo el mozo no lo viera le ponía
en el medio un billete de diez pesos, al cual se denominaba
por aquel entonces lechuga, y le decía
al camarero: Che, esta lechuga tiene algo raro, llevátela,
manera graciosa de dar propina anticipadamente.
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Gran comilón, llegó a pesar más de
cien kilos |
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Todos estos hechos han sido recogidos de boca de viejos socios
del Jockey Club, gente vinculada al tango y al mundo discográfico,
restauradores como Ricardo Reynoso..., pero nadie ha podido
afirmar con certidumbre qué era lo preferido por el
Morocho, salvo el caso reiterativo del puchero.
Salustiano González, con lozanos ochenta y tantos
años, que desde que vino de España hasta que
se jubiló fue mozo en diversos lugares, recuerda que
servía a Gardel en el Chantacuatro, cercano
al Mercado del Abasto, y que lo único que siempre le
llamó la atención era el formidable apetito
qua tenía el cantor: Llegó a pesar más
de cien kilos pese a que los amigos, como Fugazot, el del
trío Irusta-Fugazot-Demare, y el periodista Barquina,
Barquinazo, de Crítica, siempre decían
que iba a reventar y tener que dejar de cantar.
Sin embargo, creo que el gran recuerdo gastronómico
de Gardel podría revivirse hasta no hace mucho en el
ya desaparecido El Tropezón, donde estaba
aún su mesa, la misma, y también el puchero,
el mismo, qua acompañó la vida de Gardel.
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