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Se hizo chef por casualidad y
hoy es el elegido dentro y fuera de España para las grandes
galas y aquellos acontecimientos en los que la gastronomía
se convierte en un punto de referencia fundamental de modernidad
y estilo, como sucedió, por ejemplo, con la visita del Comité
Olímpico a Madrid para el análisis de la candidatura o las
comidas de los Reyes de España a los invitados de otras Casas
Reales y jefes de Estado; con motivo de la boda del Príncipe
de Asturias y doña Letizia Ortiz, pasando por constantes compromisos
empresariales de aquellas firmas que para sus actos quieren
contar con el 'número uno' en su elaboración.
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De joven, cuando aún no tenía estrellas y acababa de hacerse
cargo del restaurante "El Bulli", Ferrán Adriá venía con frecuencia
a Tenerife, donde aún mantiene varios amigos con los que conserva
una buena relación. Incluso participó en algunas de las añoradas
jornadas gastronómicas del restaurante "El Patio", de Adeje,
donde sólo algunas decenas de comensales -que hoy pueden considerarse
privilegiados- acudieron a aquellas cenas que preparaba en
exclusiva quien ya se perfilaba como uno de los mejores cocineros
del mundo.
Este catalán, que ganó fama por sus creaciones culinarias,
en las que la investigación y la tecnología no juegan papeles
menores, es un profesional inquieto y autodidacta, que a los
20 años entró como lavacopas en un restaurante para pagarse
unas vacaciones en Ibiza. Aquel viaje fue el pasaporte a la
celebridad, el inicio de una carrera que, hoy, a los 43 años,
lo llevó a la cúspide de su competitivo negocio, donde es
portada de las más importantes publicaciones internacionales
y es elegido por "Time", de Londres, entre las personalidades
mundiales de más influencia actualmente en la sociedad.
Adrià, un Midas de los fogones que convierte en oro todo lo
que toca, es el alma creativa del restaurante "El Bulli" ,
el elitista restaurante de la Costa Brava. En torno a esta
nueva meca de los gourmets mundiales, el catalán erigió un
negocio que incluye un taller experimental ('elBullitaller')
servicio de catering (elBullicatering), asesoramiento a cadenas
internacionales de hostelería ('elBullihotel'), la participación
en emprendimientos como el restaurante del Casino de Madrid,
en alianza con Paco Roncero, o la Hacienda Benazuza, con Lucas
Ramírez, y la edición de sus libros de cocina que compilan
todas sus recetas, basadas en la cocina tradicional y realizadas
con productos de estación.
Desarrolla además otras iniciativas internacionales, como
los establecimientos "Fast Good", de comida rápida de calidad,
o los lugaress "Nhube", de los hoteles NH, espacios que actúan
como restaurante y salón de lectura a la vez que bar-cafetería,
concebidos para actuar como un espacio multifuncional, con
una gastronomía diseñada por Adriá y que se define como una
selección de platos caseros y sencillos de la cocina tradicional
española, como bocadillos calientes (sobrasada ibérica con
queso manchego; de lomo a la plancha, cebolla y queso brie)
y fríos (de pimientos verdes con ventresca de atún y aceitunas
negras; de pollo confitado con jamón York y crema de queso),
hasta platos más sólidos, como los spaghetini carbonara, el
pescado de mercado frito a la andaluza, las endivias al roquefort,
la espaldita de conejo al salmorejo (de influencia canaria)
o los huevos con patatas fritas y jamón ibérico.
"El Bulli" lo funda en 1962 el matrimonio alemán Hans y Marquetta
Schilling y pocos conocen que recibe el nombre del perro que
estos poseían. Durante los primeros años era sólo un bar al
que acudían los veraneantes tras ir a la playa y un lugar
asiduo para los submarinistas.
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Ferran Adriá considera que hay que educar
a la sociedad a comer bien, especialmente a los jóvenes,
ya que dedicamos entre un 35 y un 40% de nuestro tiempo
al comer.
Tras defender el consumo de verduras frescas en lugar
de congeladas, Adriá, ha subrayado que la cocina
contemporánea no ha desplazado a la tradicional,
sino que los jóvenes cocineros ayudarán
a mirar la gastronomía con más cariño,
y eso beneficiará al país.
La cuestión no es que todos los jóvenes
sepan preparar platos deconstruidos, sino que conozcan
cincuenta recetas básicas: cómo se hierve
la pasta, cómo freír un huevo o cómo
hacer una receta a base de algo tan simple como patatas,
ha matizado Adriá. |
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A partir de fines de los 60, adquiere más entidad de cocina,
hasta convertirse en un restaurante. Durante estos años pasan
diversos cocineros y Marquetta Schilling se dedica a la gestión
del negocio. A mediados de los 70, con Jean-Louis Neichel,
el restaurante consigue un importante reconocimiento gastronómico,
y su primera estrella Michelin. En 1981 entra Juli Soler como
director y, junto a J. Paul Vinay, chef en ese momento del
restaurante, lleva a cabo un trabajo fantástico que les lleva
a obtener la segunda estrella en la guía Michelin.
En 1983 llega Ferrán Adrià, y en 1984 ya es chef de cocina.
Durante los años siguientes se desarrollará una filosofía
de cocina personal, que poco a poco irá configurando ElBulli
actual.
Juli Soler y Ferrán Adrià se asocian en 1990, como una sociedad
que gestiona el restaurante, que pasa a su propiedad. Empiezan
las obras en el jardín, la adecuación del párking, etcétera.
En 1990 se consigue recuperar la segunda estrella Michelin,
que habían perdido con la marcha de Vinay..
En 1993 se construye la nueva cocina que marcará un antes
y un después en "El Bulli". Sus 350 m2 ayudarán a desarrollar
la filosofía de cocina que empezó en 1984, y que está en constante
evolución. En 1997 ElBulli consigue la tercera estrella Michelin.
Abierto sólo de abril a octubre, 'El Bulli' pone sobre la
mesa el trabajo que se realizó antes en 'El taller', la escuela
de cocina y laboratorio de investigación que Adrià tiene en
Barcelona, durante el resto del año. Cuando llegó a "El Bulli",
el restaurante llevaba un tiempo a las órdenes de Juli Soler,
otro joven inquieto quien hoy es su socio. El aporte de Adrià
fue vital: incorporó a la carta técnicas como la "deconstrucción",
que consiste en conservar los ingredientes pero modificar
su textura y temperatura para volverlos más sabrosos.
Por ejemplo, "deconstruida", la tortilla de papas se come
cuchara en mano: antes de llevarla a la mesa, la brigada de
El Bulli dispuso cebollas acarameladas en el fondo de un vaso
de trago largo, luego echó una yema tibia y precocida y, finalmente,
coronó la preparación con una mousse de papas. De la misma
forma se transforma el gazpacho: congelado, en el restaurante
de Adrià, el gazpacho es un chupete. Y lo mismo sucede con
sus famosas "espumas", "granizados" y "aires" de lo que sea,
que actúan como condimentos y se aplican como spray.
Cada año, unas trescientas mil personas llaman para hacer
su reserva en 'El Bulli', aunque sólo nueve mil privilegiados
consiguen lugar. No espere conseguirlo de un día para otro.
La demanda es tal que existe una pre reserva por internet
y luego esperar la confirmación, para semanas o meses después.
Y es que seis meses antes de abrir al público en su temporada
-que va del primero de abril al final de septiembre, sólo
cena, y con descanso los lunes y martes, luego se cierra para
dedicarse a la investigación y las giras-, ya está todo completo,
con excepción de una mesa que Adriá reserva para algunos amigos,
no necesariamente famosos.
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Una vez confirmados, los comensales tendrán que peregrinar
por el camino montañoso que bordea un acantilado que da al
mar y conduce al paraje Cala Montjoi, al norte de Girona,
que cobija el restaurante. Allí se sirven cenas donde se pagan
115 euros -sin vinos- por el "Menú degustación", un recorrido
que incluye 30 platos dispuestos a la manera de las tradicionales
"tapas" , especialmente diseñados para "obligar a los comensales
a usar todos los sentidos".
A la hora de las sorpresas, el maître está a disposición de
los clientes para explicarles que las "almendras de gustos
básicos" deben ser comidas una tras otra, sin transición,
para disfrutar la experiencia sensorial completa y sin interrupciones:
"A la mayoría le gusta porque el público que viene sabe muy
bien dónde está. Ya no entra el discurso de si esto es raro
o no. Recibimos gente de cierto nivel, no sólo famosos y millonarios,
sino, también, gente a la que le gusta comer", señala Adrià.
La gente acude a divertirse con una experiencia gastronómica,
no a 'matar el hambre' como con un chuletón.
"No hay un plato que guste más: la nuestra es una experiencia
conjunta durante la que se prueban muchas cosas". Cuando Adrià
se refiere a "platos", habla de "sobres de piel de pollo a
la flor de azahar", "oreja de conejo frita", o "tortilla de
leche con yogur"; sabores nuevos y texturas sorprendentes
con una pizca de humor e ironía que suelen desconcertar por
sofisticados.
"Yo soy un cocinero que hace cosas nuevas", se define. "La
palabra cocinero es muy bonita. Y nuestro oficio, uno de los
primeros del mundo, desde Adán y Eva", dice.
"Tomo el reconocimiento con normalidad y sigo trabajando.
Algunos pueden considerar que, profesionalmente, es importante
y es cierto; pero, humanamente, uno no es mejor ni peor",
agrega Adrià.
El año pasado, el influyente diario norteamericano The New
York Times le dedicó un reportaje de 12 páginas en el que,
atento a despertar polémica, anunció la "decadencia de la
cocina francesa" (y su actualización, la "nouvelle cuisine"
que Paul Bocuse impuso en los años 70), que, dijo, quedó "rancia"
ante el "talento prodigioso" de un cocinero que, al sur de
los Pirineos "cambió la haute cuisine por la alta cocina;
así, en español".
Para Ferrán Adriá "la gastronomía española ha recogido el
fruto de los últimos siete u ocho años, durante los cuáles
se ha trabajado muy duro y con mucha pasión", pero no comparte
la opinión sobre la decadencia de la cocina gala.
Adriá discrepa y asegura que "estoy convencido de que la cocina
francesa no va de baja, pero lo que sí es cierto es la explosión
de la comida española, y es lógico porque previamente había
una clave cultural para este auge: tenemos una enorme calidad
en los ingredientes y además una fuerte tradición histórica
en los fogones".
Mientras, la revista dominical del parisino Le Monde recogió
el guante y también convirtió a Adrià en su "chico" de tapa:
en el artículo "El alquimista", lo reconoció como "el mejor
chef del mundo": mientras que la edición europea de la revista
Time, lo mostró compartiendo cartel con Bill Gates, Osama
bin Laden, Juan Pablo II, John Galliano, Jurgen Habermas y
Nelson Mandela, en el elenco de las "100 personalidades más
influyentes del mundo", en su caso, "por el carácter innovador
de su cocina".
Cuando no trabaja en 'El Bulli', Adrià viaja por el mundo
dando conferencias, ya que es un ídolo y una referencia gastronómica
en países como Estados Unidos y Japón, aunque sólo desvela
sus nuevas creaciones cuando reabre el restaurante. Aunque
también hace "las cosas normales, como todos: ver cine, leer"
Le gusta leer la historia de la cocina: "Yo, que me dedico
a la creatividad, no puedo dejar de leer historia", dice.
En enero, en Madrid-Fusión, comentó a unos periodistas tinerfeños,
que estaba leyendo en esos días los textos que acompañan al
libro "Cincuenta recetas fundamentales de la cocina canaria",
editado por el Cabildo de Tenerife, y que le habían regalado.
Y el pasado mes de febrero estuvo unos días de vacaciones
en el Sur de la Isla, como cuando era un joven profesional
inquieto que fue uno de los dos cocineros -el otro era Fermín
Puig, el hoy estrellado chef del "Drolma", de Barcelona- que
se ocupó de un memorable almuerzo servido en el restaurante
Costa Brava, de Playa de las Américas, con motivo de la entrega
de los Premios de Gastronomía de DIARIO DE AVISOS,
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