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No podía ser otro, su último trabajo para el Ayuntamiento fue limpiar su querida ñamera, a modo de despedida. "La quiero como a una hija", confiesa. Pero ése no es su único hijo vegetal |
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Antonio ha plantado en estos años más de 700 árboles en la ciudad./ M. P.
El guardián de la ñamera se jubila
Antonio Estévez deja hoy el Ayuntamiento del Puerto de la Cruz tras más de treinta años en el Servicio de Jardines
La popular ñamera de la plaza del Charco, uno de los símbolos tradicionales del Puerto de la Cruz, está más hermosa que nunca, cual "bombonera redonda que emerge frondosa y verde", como la describió en 1951 la escritora María Rosa Alonso.
Agustín M. González
Puerto de la Cruz
La ñamera luce hermosa por fuera, pero por dentro su corazón vegetal está triste porque hoy se jubila quien la ha cuidado con mimo durante más de treinta años, los que ha cumplido Antonio Estévez en el Servicio Municipal de Jardines. "Concretamente, 34 años, tres meses y 12 días", puntualiza este trabajador incansable, escrupuloso y enamorado de la jardinería, que a partir de mañana se va a dedicar a su casa, a su familia y a su huerta. "Lo único que me preocupa ahora -bromea Antonio- es ver qué voy a hacer en los próximos cincuenta años".
No podía ser otro, su último trabajo para el Ayuntamiento fue limpiar su querida ñamera, a modo de despedida. "La quiero como a una hija", confiesa. Pero ése no es su único hijo vegetal. Asegura que el 95% de las palmeras de abanico que hay en la ciudad turística las ha plantado con sus manos. Habla de su árboles como si fueran auténticos hijos carnales. A otro ejemplar al que le tiene especial cariño es a la eritrina de cresta de gallo, un árbol que hace ya un montón de años trasplantó a la plaza Concejil, después de una rocambolesca historia en la que hasta intervino la Guardia Civil.
Antonio Estévez ha estado al pie del cañón hasta el último día, con su dinamismo de siempre. La semana pasada plantó dos dragos frente al Castillo de San Felipe y supervisó el estado del remozado jardín histórico de Martiánez. "Me voy con todos los deberes hechos y me siento tan ilusionado como el primer día que empecé a trabajar. Llevo 58 años en la jardinería y sigo enamorado de este trabajo. Mi padre me inculcó de pequeño el amor a las plantas. Ahora me dedicaré a cuidar mi huerta". Allí, en su casa de Las Dehesas, tiene plantados desde cebollas y pimientos de piquillo, hasta sandías, pepinos, lechugas y tomates.
Antonio destaca el apoyo y la compresión que siempre ha tenido de su mujer, Sixta, y sus tres hijos, y subraya la gran profesionalidad de sus actuales compañeros del Servicio Municipal de Jardines. En su despedida también tiene palabras de elogio para los vecinos portuenses. "La mayoría son unos grandes enamorados de las plantas y hay muchos patios y azoteas que son dignos de ver". Comenta que ese cariño ciudadano se transmite a muchos de los jardines y plazas de la ciudad, "que son de las más bellas de la isla".
Antonio recuerda con nostalgia sus comienzos con su maestro don Pancho, en la finca de Juan Galán, en Punta Brava. Tras pasar por varios jardines privados y el hotel El Tope, en enero de 1971 fue contratado por el Ayuntamiento portuense. En estas tres décadas ha plantado más de 700 palmeras en las zonas verdes públicas de la ciudad, y alrededores de la autopista. Los árboles que hasta hace poco adornaban la carretera del Botánico, muchos de los cuales fueron arrancados durante las obras de reforma de la vía, también eran hijos suyos.
Despedida
Estévez se jubila satisfecho. Sin embargo, reconoce dos pequeñas decepciones personales. El Cabildo no ha hecho caso a su propuesta de utilizar buganvillas como tapizante en los jardines de la autopista. Tampoco recibió contestación de la Casa Real cuando ofreció cuatro palmeras y un drago como regalo de boda para el Príncipe Felipe y doña Leticia. Antonio se marcha feliz y pidiendo a los portuenses "que cuidan la ciudad como si fuera su propia casa". El Ayuntamiento portuense pierde hoy un puntal, y la ñamera, a su mejor guardián.
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