Jueves, 31 de marzo de 2005
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Debate de la Nacionalidad - El análisis
Frustrante diálogo de sordos

Sobre el nuevo edificio del Parlamento de Canarias, convertido ahora en inmueble precario tras la sentencia del Tribunal Constitucional, una rotunda escultura de Martín Chirino extiende una de esas espirales metálicas a través de las cuales el escultor grancanario trata de simbolizar el poderío del viento en las Islas.

Juan Manuel Bethencourt

Pero, puestas en relación con la praxis política, las espirales de Chirino se parecen más al remolino en que se ha convertido el debate entre los, es un decir, hombres y mujeres más poderosos del Archipiélago. Un remolino de aire viciado, asirocado, asfixiante, que inundó ayer el hemiciclo de la sede de Teobaldo Power. Fueron protagonistas del escarnio los tres primeros espadas de la política regional, aunque por motivos diferentes. El presidente Adán Martín, lejos de medirse a una prueba exigente ante los portavoces de la Cámara, pasó sin apuros el examen, primero porque hizo todo lo posible por aburrir a la audiencia, y segundo porque sus teóricos adversarios optaron por pelearse entre sí. Un debate deprimente.

Lo ocurrido en la sede de Teobaldo Power obliga a replantear la utilidad de determinadas fórmulas parlamentarias. Que José Manuel Soria, un orador repetitivo y metódico, pase por ser el actual primer tenor del Parlamento resulta un dato de lo más ilustrativo. El líder del PP canario no tiene otro discurso que la puesta en circulación de una calculada agresividad antisocialista disfrazada de firmeza en los principios. Buen estratega, al menos puede decirse que el irascible Soria es capaz de contentar a su concurrencia, algo que no puede afirmarse de un Juan Carlos Alemán que, con su plana intervención inicial y su posterior diatriba contra el PP, salió perdedor en el debate más importante del año. El secretario general del PSC-PSOE se parece cada día más al aspirante boxístico que, preparado con mimo durante meses por sus mentores, que le han procurado gimnasio y entrenamiento suficiente, acude a la cita de su vida con todas las opciones, asentado como un challenger, un inmediato campeón; pero, llegado el momento, el púgil se achanta para desespero de su rincón, que no entiende nada. Eso le pasó ayer a Alemán, y no es la primera vez. Ni siquiera en el debate sobre la ley electoral, donde los socialistas canarios han logrado hincar el diente -con más oportunismo táctico que argumentos, esa es la verdad-, obtuvo el dirigente socialista un saldo favorable. Soria lo desnudó con claridad expositiva, con la simple explicación de algunos números electorales recientes. Alemán se vio abocado a una referencia poética ya demasiado gastada, pues si los herederos de Pablo Neruda cobraran derechos de autor a los políticos que utilizan sus citas acumularían una fortuna escalofriante.

¿Y Adán Martín? Pasó por allí pero, alejado del buen discurso que le escribieron un día antes, perpetró unas réplicas largas y confusas en las que sólo brilló un gesto de astucia: se situó como el poli bueno en la refriega entre Soria y Alemán. Corre por el Parlamento la teoría de que los aburridos ejercicios dialécticos del presidente canario forman en realidad parte de una cuidada estrategia para provocar el desánimo en los adversarios. Después de tanto marear la perdiz durante interminables minutos, de bailar sobre el ring sin soltar un golpe coherente, hasta el más entusiasta adversario acaba por perseguir a una sombra. "Adán se parece cada día más a Fidel", afirmó un taxista escéptico. Él sí que entendió el Debate sobre el Estado de la Nacionalidad.