Domingo, 16 de enero de 2005
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Al producirse la avería, el avión perdió más de mil pies de altitud en muy poco tiempo, por lo que se encontraba por debajo de la elevación del aeropuerto de Los Rodeos, que es de 2.073 pies, lo que hizo desistir a la tripulación del intento de retorno al punto de partida, considerando, además, que el avión seguía perdiendo altura
DC-3 de Spantax EC-ACX, hundido en aguas de El Sauzal cuando volaba a La Palma. / Archivo Francisco Andreu
DC-3 de Spantax EC-ACX, hundido en aguas de El Sauzal cuando volaba a La Palma. / Archivo Francisco Andreu

Crónica del avión que nunca llegó

El 19 de marzo de 1966, un DC-3 de Spantax en vuelo de Tenerife a La Palma cayó al mar en El Sauzal

En la mañana del 19 de septiembre de 1966 despegó del aeropuerto de Los Rodeos, en viaje a La Palma, un avión DC-3 de la compañía Spantax que hacía el vuelo regular de la compañía Iberia IB-261, con 24 pasajeros a bordo y tres tripulantes: el comandante Eugenio Maldonado, el copiloto Fernando Piedrafita y la azafata María del Carmen Vázquez.

Juan Carlos Díaz Lorenzo
Breña Alta

El avión despegó por la pista 30 en condiciones meteorológicas normales, por lo que todo parecía que se trataba de un vuelo de rutina. Entre los pasajeros, había alguno que viajaba por primera vez. Ninguno de ellos podía imaginar la sorpresa que les esperaba. Apenas dos minutos después del despegue y cuando volaba en régimen de ascenso y entre nubes a una altitud de 2.800 pies, la tripulación se percató de unas extrañas vibraciones, advirtiendo que la hélice del motor izquierdo se había "embalado", por lo que el comandante procedió a "ponerla en bandera", que era el único procedimiento que podía hacer, pese a lo cual no dio resultado.

Al producirse la avería, el avión perdió más de mil pies de altitud en muy poco tiempo, por lo que se encontraba por debajo de la elevación del aeropuerto de Los Rodeos, que es de 2.073 pies, lo que hizo desistir a la tripulación del intento de retorno al punto de partida, considerando, además, que el avión seguía perdiendo altura. Las opciones posibles eran muy pocas, ya que en los alrededores sólo había mar y la muralla imponente de acantilados de la costa de Tacoronte y El Sauzal, por lo que el comandante Maldonado entendió que la única posibilidad que le quedaba era intentar el amaraje, informando por radio de lo que sucedía a la torre de control de Los Rodeos, así como a la azafata María del Carmen Vázquez, a la que previno para que preparara al pasaje ante el desenlace inmediato: "Todos con los cinturones de seguridad abrochados y con la cabeza abajo".

Con una gran serenidad y habilidad, el comandante Maldonado consiguió descender con suavidad y amarar el avión en la bahía de Los Ángeles, a la izquierda de la playa de La Garañona, frente a los acantilados de El Sauzal, a unos 300 metros de la costa y protegida de los vientos dominantes por la Punta de los Parrales, donde en ese momento se encontraban faenando media docena de barcos pesqueros, los cuales, desde que advirtieron la maniobra del avión, entendieron que algo grave sucedía y pusieron proa hacia el lugar donde éste se había posado para prestarle ayuda.

Evacuación y hundimiento. El avión permaneció a flote unos diez minutos. Durante este tiempo, el pasaje, que obedeció sin discusión alguna las instrucciones de la tripulación, abandonó la cabina del DC-3 y pasó a los botes de los pescadores, ayudados por éstos, para luego ser conducidos a tierra, donde esperaba una muchedumbre asombrada por el acontecimiento que estaba presenciando. En los primeros momentos, algunos pasajeros que sabían nadar se echaron al agua antes de la llegada de los botes, mientras que el resto del pasaje, con los chalecos salvavidas puestos, permaneció a bordo hasta que se le indicó el abandono del avión, siendo recogidos sin problemas.

Cuando terminó la evacuación, uno de los pasajeros, Fernando Izquierdo Afonso, juez de paz del municipio de La Victoria, en medio de una fuerte crisis nerviosa, se negó a abandonar el avión, quedando fuertemente asido a una de las abrazaderas de la puerta de salida. Los esfuerzos del comandante Maldonado por salvarle resultaron inútiles, por lo que tuvo que desistir, medio asfixiado, cuando el avión comenzaba a hundirse con el infortunado pasajero a bordo. En estas dramáticas circunstancias falleció la única víctima del suceso, desapareciendo bajo las aguas en una profundidad de unos treinta metros.

Entre los pasajeros del avión figuraba Orihuela, maestro nacional de Las Manchas, que ayudó a todos cuantos pudo; también venía una hija de Juan de la Barreda, jefe de la Policía Municipal de Santa Cruz de La Palma, que iba a contraer matrimonio.

Los botes de los pescadores llevaron a los pasajeros y a la tripulación hasta el pequeño embarcadero de El Prix, siendo evacuados después por un helicóptero Sikorsky S-55 del SAR y llevados en sucesivos viajes hasta el aeropuerto de Los Rodeos. Tres de ellos se negaron a subirse al helicóptero y abandonaron el lugar a toda prisa. Todos ellos coincidieron en sus elogios a la serenidad y el buen hacer de la tripulación, sin cuya ayuda, y la de los pescadores que se encontraban en las inmediaciones, el desenlace podría haber sido dramático, pues la mayoría de los pasajeros no sabía nadar y con los nervios de la situación no acertaba a ponerse e inflar debidamente los chalecos salvavidas.

Unas horas después, a mediodía, un equipo de submarinistas rescató el cadáver. Aprovechando la transparencia de las aguas y el rastro de gasolina del avión, así como la ayuda de los pescadores, dieron pronto con el avión hundido y en siete minutos sacaron a la superficie el cadáver de Fernando Izquierdo Afonso, de 62 años, abogado, que había sido alcalde de La Victoria, persona conocida y querida entre sus conciudadanos.

El mismo día del accidente, el periódico tinerfeño La Tarde publicó unas declaraciones del comandante Maldonado poco después de su llegada al aeropuerto de Los Rodeos, en las que manifestó que el accidente se había debido a un fallo técnico: "El avión estaba en perfectas condiciones al emprender el vuelo. Los motores son nuevos y con pocas horas de vuelo". Destacó, además, el comportamiento de los pasajeros y lamentó la muerte de la infortunada víctima: "Luché por todos los medios para obligarle a saltar, pero no pude conseguirlo y se hundió con el avión". Y expresó, asimismo, palabras de elogio para los pescadores de El Prix, "gracias a cuya incalculable ayuda" se pudo llevar a buen fin la evacuación de los pasajeros.

En el citado vuelo también tenía previsto viajar Carlos Fernández Felipe, maestro nacional, que entonces tenía 26 años. El día antes había venido a Tenerife para asistir al sepelio de un familiar. Por una información errónea facilitada en la oficina de Iberia en Santa Cruz, acerca de la hora de salida de la guagua que habría de llevarle al aeropuerto de Los Rodeos, se libró de figurar en la lista de pasajeros.

En su intento por llegar a tiempo, Carlos Fernández cogió un taxi y cuando llegó a Los Rodeos el vuelo estaba embarcado y se quedó en tierra. Mientras gestionaba el billete para el día siguiente, un empleado de Iberia se le acercó y le preguntó si en ese vuelo habían embarcado unos familiares suyos, contestándole que lo habían hecho el día antes. Entonces fue informado de lo que había pasado. El susto y la impresión fueron tremendos.

Cuando la noticia se supo en La Palma, adquirió tintes dramáticos. En el aeropuerto de Buenavista esperaban familiares de los pasajeros, y entre ellos un hermano de Carlos Fernández Felipe, que había acudido a recibirle. La primera noticia decía que el avión había tenido un problema. Después se supo que había caído al agua. Más tarde, que todos los pasajeros, menos uno, habían sido rescatados y que el avión se había hundido frente a la costa norte de Tenerife. Por fin, después de un largo rato de tensión y angustia, llegó la confirmación de la identidad del desaparecido. Alivio, alegría y sonrisas entre muchos y tristeza, dolor y llanto entre los deudos del infortunado pasajero que murió ahogado.

Por la noche, Carlos Fernández Felipe embarcó a bordo del "Ciudad de Sevilla" en viaje a La Palma. No hubo tiempo para dormir y sí para celebrar "con una buena trompa" el final de lo que pudo haber sido y el destino quiso que no fuera. Al amanecer, en el puerto palmero, familiares y amigos acudieron a recibirle y todos ellos se fundieron en un emocionado abrazo.

El avión no se recuperó, por lo que no se pudo determinar con precisión la causa que produjo la avería del motor izquierdo. Se trataba de un bimotor C-47 transformado en DC-3, número de construcción 19.410, adquirido por Iberia en diciembre de 1947 y matriculado EC-DAY, que posteriormente cambió por la matrícula EC-ACX. Cuando ocurrió el suceso tenía 25.134 horas de vuelo.

El informe técnico determinó que el procedimiento del comandante de la aeronave fue el correcto para el caso. Que la hélice no pudiera ponerla en bandera pudo deberse a que, si la sobrevelocidad era muy grande, la fuerza centrífuga a vencer era excesiva y, en consecuencia, no se podía dominar con dicho mecanismo. Antes del despegue, la tripulación había comprobado que el funcionamiento del sistema era correcto.

En cuantas ocasiones el comandante Maldonado accionó el mecanismo, éste se mantenía oprimido (correcto) y los generadores indicaban consumo (correcto). Al quedar la hélice en molinete, aun cuando fuera con pesos inferiores a los pesos brutos de aterrizaje normales, el avión no puede mantener su altitud (según el manual de vuelo), aunque el otro motor permanezca funcionando a plena potencia, por cuyo motivo, la tripulación debe tomar una rápida decisión, puesto que también resulta probable, si se ha producido una subida de la temperatura del motor, lo que suele ser muy probable, el peligro de incendio.

No obstante, el pecio del DC-3 se ha convertido en un punto de atracción para los submarinistas. En una inmersión realizada el 23 de junio de 1997 por un grupo de cinco deportistas de esta especialidad, después de rastrear la bahía de Los Ángeles con una sonda hasta localizar el perfil del fuselaje del avión, se determina su situación en la posición 28º 27' 30" y 16º 26' 42", marcando una demora al rumbo 065º a la Punta de El Sauzal y dos enfilaciones a puntos de la costa. El equipo estaba formado por Eberhard Christoph, Dir Christoph, Erik van Irk, Elena Marrero y José J. Perera, respectivamente.

El avión se encuentra posado en fondo arenoso, en posición invertida, a 35 metros de profundidad, cubierto parcialmente por la arena. Sólo es visible el tren de aterrizaje, la cola, los motores y parte de las alas. Las hélices del motor izquierdo están dobladas por la mitad, probablemente por el impacto contra el agua en el momento del amaraje.

La situación del pecio en el fondo está cercana a una fosa de algo más de 80 metros de profundidad, según marca la sonda y que no figura recogida en las cartas náuticas. La corriente alcanza una velocidad de seis a nueve nudos, por lo que la inmersión -que no es apta para principiantes- puede ser peligrosa si el estado de la mar no es de calma total, siendo necesario, además, extremar las medidas de seguridad y contar con el apoyo de un barco.

Cohetes para los aviones
Durante algunos meses, Iberia cedió a Spantax la línea Tenerife-La Palma, que operó con aviones DC-3 y Fokker F-27, que volaron en varias líneas del archipiélago canario, así como a las principales poblaciones del Sahara Occidental.

A finales de 1966, Iberia recuperó la línea y amplió la frecuencia de sus vuelos a tres enlaces diarios y, asimismo, estableció un nuevo servicio con Gran Canaria. El Ejército del Aire mantuvo su presencia con los aviones Junkers Ju-52, Saeta y T-6 Texan.

En el transcurso de ese mismo año fue necesario reformar las instalaciones destinadas al tránsito de pasajeros del aeropuerto de Buenavista, debido al pésimo estado en que se encontraba el primitivo barracón de madera.

Las dificultades operativas del aeropuerto de Buenavista obligaron a Iberia a la instalación de dos aviones DC-3 que operaba Spantax de unos cohetes Jatos para suministrar potencia adicional en caso de fallo de motor en el despegue o en los casos de aterrizajes frustrados. Sin embargo, los cohetes Jatos dieron algún susto a los tripulantes y pasajeros del DC-3. En una ocasión, con el avión situado en la cabecera de pista preparado para el despegue, se dispararon accidentalmente, provocando un fuerte ruido que alarmó a la población cercana, quedando el avión envuelto en una gran nube blanca. En otro viaje, cuando sobrevolaba el campo de Bajamar, en el que se disputaba un partido de fútbol, sucedió lo mismo, saliendo el público despavorido ante el fuerte ruido del estampido.

En septiembre de 1967 el aeropuerto de Buenavista fue clasificado de segunda categoría y atendía dos vuelos diarios en la línea con Tenerife y alterno con Gran Canaria. Mientras tanto continuaban los trabajos del nuevo aeropuerto, en el que a mediados de 1968 ya se habían instalado las ayudas radioeléctricas.

El 28 de octubre de 1969 visitó la Isla el ministro del Aire, general José Lacalle Larraga, interesado en conocer el desarrollo de los trabajos del nuevo aeropuerto. Al pie de la escalerilla en el campo de Buenavista fue recibido por las primeras autoridades insulares que acudieron a recibirle, entre las que se encontraban el delegado del Gobierno, Alfonso Henríquez Tabares y el presidente del Cabildo, Manuel Pérez Acosta.

Años después, cuando Iberia incorporó el avión B-727 a los servicios interinsulares y abrió la línea La Palma-Madrid vía Tenerife Sur, el comandante Eugenio Maldonado recreó en numerosas ocasiones la vista a muchos pasajeros desde el aire, sobrevolando la Caldera y la Cumbre Vieja y los pueblos limítrofes, permitiendo con ello una visión única que siempre se guarda en la retina. Eran otros tiempos.