Domingo, 17 de octubre de 2004
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Ciudades anchietanas de Brasil - 1 - São paulo
La urbe que guarda el legado de Anchieta
São Paulo, una ciudad asociada a la tarea evangelizadora del jesuita lagunero, es hoy la capital económica de Brasil

Con el siguiente artículo iniciamos un recorrido por el Brasil para acercarnos, en la medida de lo posible, a las ciudades en cuya historia tuvo una presencia destacada el jesuita lagunero José de Anchieta (1534-1597).




Iniciamos el recorrido siguiendo un orden establecido por la importancia que en el futuro tendrían los lugares que él contribuyese a fundar. São Paulo es la ciudad que todos asociamos a Anchieta, de ahí que debamos comenzar por la actual capital económica y empresarial del Brasil. Sucesivos artículos de la serie continuarán por Salvador, Río de Janeiro, el litoral paulista y el estado del Espírito Santo, concluyendo con una reflexión final sobre la cuestión anchietana en la actualidad canaria
Carlos J. Castro Brunetto
Santa Cruz

Nuestra intención es aproximar a los interesados por su figura al país que él contribuiría a fundar, es decir, darlo a conocer a las sociedades europeas, con lo que conlleva de positivo y negativo. De esta forma podremos acercarnos al patrimonio histórico-artístico de los lugares que podemos calificar como anchietanos, trazando una ruta que anime a cualquier curioso a visitar el Brasil a través de los caminos que transitó el jesuita lagunero. Así pues, nuestro objetivo no es incidir en la biografía o aspectos religiosos de su vida, pues la divulgación de estos últimos corresponde, a nuestro juicio, a las iglesias diocesanas canarias, y en lo que atañe a los biográficos y literarios, podemos encontrarlos en la amplia y notable bibliografía aparecida en Canarias en las últimas décadas.

Iniciamos el recorrido siguiendo un orden establecido por la importancia que en el futuro tendrían los lugares que él contribuyese a fundar. São Paulo es la ciudad que todos asociamos a Anchieta, de ahí que debamos comenzar por la actual capital económica y empresarial del Brasil. Sucesivos artículos de la serie continuarán por Salvador, Río de Janeiro, el litoral paulista y el estado del Espírito Santo, concluyendo con una reflexión final sobre la cuestión anchietana en la actualidad canaria.

Anchieta llegó a las costas del Brasil en 1553 como integrante de una de las primeras comunidades jesuíticas asentadas en la colonia. En aquellos tiempos sólo existían dos núcleos de población, la Villa de São Vicente, fundada en 1534 (en el actual estado de São Paulo), y Salvador, más al norte, en la Bahía de Todos los Santos. Esa última ciudad, entonces un minúsculo asentamiento urbano, había sido fundada en 1549 para ser la sede del Gobierno General del Brasil -algo así como un virreinato, en la organización del sistema colonial español- y cabeza de la primera diócesis de la colonia. A ese puerto de Salvador llegó Anchieta en 1553, pero poco tiempo después se trasladaría a São Vicente, y desde allí, ascendiendo una sierra selvática que conducía hacia una llanura, llegaría, junto con otros religiosos jesuitas, a una región denominada Piratininga, donde fundaría una aldea para catequizar a los indígenas que dedicaría al Apóstol San Pablo, es decir, São Paulo, distante del litoral unos 75 kilómetros.

Ahora bien, alejarse 75 kilómetros de la costa en aquellos momentos era muy peligroso, pues sólo allí existía una mínima seguridad en torno a las embarcaciones fondeadas en la pequeña bahía de São Vicente. Iniciar el camino hacia lo desconocido a través de una selva hostil bajo la desconfiada mirada de los indígenas que habitaban la región es, quizás una de las mayores pruebas de fe que podría manifestar un hombre, con el único fin de cumplir una acción misionera ante los indios. Sin embargo, José de Anchieta no pretendía forzosamente obligar a los indígenas a asumir los fundamentos y liturgia de la Iglesia, liturgia que, lógicamente, los indios no entenderían, sino que se plantearía la evangelización aprendiendo su propia lengua y cultura, de la gran familia tupí-guaraní; en definitiva, Anchieta aplicaría los avanzados e inteligentes métodos jesuíticos.

Enfrentado a los colonos
La buena voluntad de Anchieta no coincidía con los intereses de muchos de los colonos, pues éstos habían llegado con el único fin de obtener riquezas y mano de obra esclava indígena, fácil de obtener por la desprotección legal del indio. Por esta razón, Anchieta sostuvo con los colonos serios enfrentamientos en lo relativo a la cuestión indígena, aunque siempre repudió la costumbre antropofágica, común a muchos pueblos indígenas del litoral. Cuando un enemigo importante era capturado en una batalla entre diferentes pueblos, era conducido a la aldea vencedora con el fin de comerlo y adquirir así su espíritu guerrero. Con ello no hacían otra cosa que honrar al prisionero, y tal acto no era denigrante para ninguna de las partes. Esta postura fue rechazada por Anchieta como algo abominable, al igual que nos sucedería hoy a nosotros; sin embargo, la antropofagia es un aspecto crucial para entender a los pueblos indígenas, el rechazo lógico de ese tipo de costumbres, tanto por Anchieta como por la Iglesia y el conjunto de la sociedad, fue luego aprovechado por los colonos y la Corona como argumento justo para someter a los indígenas y reducirlos a la esclavitud, al considerarlos "perros que se devoran unos a otros".

De forma muy resumida, éste fue el marco histórico en el que nació la aldea de evangelización de indios de São Paulo de Piratininga, lugar que prosperaría con posterioridad y se convertiría en la ciudad más poblada del Brasil. En cualquier caso, no se han conservado vestigios materiales del tiempo de Anchieta en la ciudad de São Paulo que vayan más allá de escritos y algunas reliquias.

Un edificio sí que nos acerca a cómo serían las construcciones más antiguas de la región comprendida entre el litoral de Espírito Santo y São Vicente. Se trata de la iglesia de la aldea indígena de São Miguel de Ururai, fundada por Anchieta y de la que resta la capilla, hoy integrada en la zona este de São Paulo. La construcción, tal y como la vemos, pertenece a ampliaciones de la segunda mitad del siglo XVII y del siglo XVIII. Sin embargo, una pequeña estancia interior, a modo de sacristía, conserva entalles indígenas que podrían indicar la pervivencia del núcleo primitivo de la construcción, pudiendo datar de finales del siglo XVI, aún en vida de Anchieta. En las inmediaciones de São Paulo se conservan otras edificaciones jesuíticas que testimonian cómo fue la vida social y evangelizadora de la región. Es el caso de Embu, Guararema o Carapicuíba, construcciones todas que fueron erguidas ya en el siglo XVII pero que ni en espíritu ni en su evolución arquitectónica difieren del modelo de organización social en las aldeas indígenas en tiempos de José de Anchieta.

En lo que respecta al pequeño centro urbano que conocería el religioso lagunero, existe el edificio del colegio jesuítico que él fundara y diese origen a la ciudad. El denominado Pátio do Colégio sufrió numerosas ampliaciones a lo largo del tiempo, aunque conservando siempre el tipo de arquitectura sencilla que los jesuitas introdujeron en el siglo XVI. No obstante, la ruina del edificio, acaecida entre los siglos XIX y XX hizo que se reconstruyese partiendo casi de cero, aunque recuperando la estructura original. Concluida la obra hacia 1980, hoy alberga uno de los principales centros de peregrinación anchietana al guardar reliquias del beato. Junto a la capilla se encuentra el Museu Beato Anchieta, que conserva obras de arte que pertenecen a la Compañía de Jesús desde que iniciara su andadura por aquellas tierras.

La ciudad de São Paulo fue poco importante entre los siglos XVII y XVIII, pues casi toda su actividad se centraba en las bandeiras, expediciones de colonos para capturar indios y venderlos luego como esclavos, la búsqueda de riquezas minerales -todo ello en los actuales estados de Minas Gerais, Mato Grosso y Paraná-, además de una agricultura de autoconsumo. Por ello, el patrimonio del periodo colonial conservado es muy escaso y humilde. Destacan las iglesias de los ex conventos de Nuestra Señora del Carmen y de San Francisco, con ricos retablos dorados de finales del siglo XVIII y pinturas en los techos de influencia italiana que recuerdan las pinturas que podemos admirar en las techumbres mudéjares de numerosas iglesias canarias.

La independencia del Brasil se proclamó en São Paulo el 7 de septiembre de 1822. Por aquel entonces, la ciudad comenzaba a ocupar un puesto relevante en la economía nacional. La introducción del cultivo del café en las áreas cercanas a São Paulo en las últimas décadas del siglo XIX provocó la llegada masiva de capitales para invertir en ese próspero negocio, y junto con los dineros, una fuerte inmigración que procedía de todo el Brasil y del extranjero, destacando italianos y españoles. El éxito del cultivo del café y su exportación desde el vecino puerto de Santos (separado de São Vicente por sólo dos kilómetros) hizo que la ciudad pronto se convirtiese en la más pujante del país. De aquellos años conservamos edificios tan notorios como la estación de ferrocarriles de la Luz, la catedral de São Paulo, neogótica, que sustituía a la primera construcción de mediados del siglo XVIII, y el Teatro Municipal, inspirado en la Ópera de París.

Ya en la década de 1920 se intensificaría la instalación de empresas norteamericanas y europeas que darían trabajo al flujo incesante de inmigrantes. El apoyo gubernamental al desarrollo de la industria pesada en la década de 1930 (factorías de automóviles, electrodomésticos, etcétera), consiguió que en pocos años las localidades cercanas fuesen integradas en el cinturón industrial, caso de São Caetano, Santo André da Borda do Campo o São Bernardo, además de Guarulhos, Osasco o Arujá. La población de la gran São Paulo pasó de 250.000 habitantes en 1900 a cerca de 17.000.000 en la actualidad.

El nuevo paisaje urbano
Como es lógico, la creciente afluencia de dinero hizo que el aspecto urbano se transformase rápidamente, y tanto el centro de São Paulo como los barrios vecinos fueron poblándose de rascacielos desde los años veinte, algunos sencillamente para suplir las necesidades del crecimiento poblacional, otros con ese objetivo pero persiguiendo también una finalidad estética. Es el caso del Edificio Martinelli, Edificio Viadutos, Edificio Itália o, a nuestro juicio, el más significativo de toda la ciudad, el Edificio Copan, proyectado por el arquitecto Oscar Niemeyer en 1951. También São Paulo cuenta con una importante red de puentes que cruzan el antiguo río Anhangabaú, parques, como el de Ibirapuera, o conjuntos culturales, como el Memorial da América Latina, que han servido para que los arquitectos diseñasen sus obras más audaces.

Hoy en día, São Paulo es una ciudad dinámica, con una gran actividad en los ámbitos industrial y empresarial; pero como es bien sabido, el progreso se levanta sobre una clase trabajadora que sufre las consecuencias de un desarrollo tan monstruoso, creándose bolsas de miseria en el entorno urbano, las favelas, que ensombrecen por su propio significado la imagen de progreso social y cultural de la ciudad. Podemos concluir que a pesar de las desigualdades, de la marginación existente y de las dificultades que entraña desplazarse por la ciudad, el São Paulo que fundara José de Anchieta es una de las ciudades más importantes de América Latina, y desconocer lo que representa es ignorar la realidad del Brasil actual.