Jueves, 2 de octubre de 2003
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Óscar de la Hoya y Javier Castillejo, en un lance de su combate por el título en junio de 2001. / EFE
Óscar de la Hoya y Javier Castillejo, en un lance de su combate por el título en junio de 2001. / EFE
Shane Mosley, menos académico que su rival, salió triunfador, por segunda vez, ante De la Hoya, porque en los tres últimos asaltos patentizó mejor forma física, una mayor precisión en sus impactos y, por encima de todo, porque protagonizó fielmente su papel de aspirante a la corona
Boxeo
La derrota de Óscar de la Hoya, la victoria de Castillejo y el "regalo" de los jueces a López Bueno
Ecos de la velada celebrada recientemente en el MGM GranArena, de la ciudad de Las Vegas
Hasta el octavo asalto, el combate había aburrido hasta a las propias ovejas. Y, desde un particular prisma, no podía comprenderse tal plúmbea situación estando, como estaba, sobre el ring instalado en el MGM Gran Arena de la ciudad de Las Vegas, una figura de la talla excepcional de Óscar de la Hoya, que ponía en juego sus respectivas coronas universales de los superwelters (Consejo y Asociación).
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Y es que este Golden Boy- y el tiempo y el empacho de dólares no perdonan- ya dista mucho de aquel púgil lleno de alegría combativa, de repentización, de modélica habilidad y, sobre todo, y esto es importantísimo, de esa ambición de la que De la Hoya ya carece, porque este deseo ardiente de conseguir poder, riqueza o fama ya lo ha superado, y con creces. Por todo ello y durante los doce asaltos que Óscar sostuvo con Shane Mosley, aquél se mostró extremadamente cauteloso y conservador, representando un pertinaz estilo de contra que diluía, por completo, su habitual figura de destreza, iniciativa y dominio.
Shane Mosley, menos académico que su rival, salió triunfador, por segunda vez, ante De la Hoya, porque en los tres últimos asaltos patentizó mejor forma física, una mayor precisión en sus impactos y, por encima de todo, porque protagonizó fielmente su papel de aspirante a la corona, brindando un constante acoso aunque, por la excesiva pasividad de su antagonista, el árbitro, el formidable Joe Cortez, les llamó la atención por "falta de combatividad", que en un combate de estos perfiles puede constituir todo un insulto.
Óscar de la Hoya, apático, perplejo, herido desde el cuarto asalto e, insistimos, con más ganas de defenderse que de combatir, reculaba, una y otra vez ante el más ambicioso Mosley, que brindó ciertas fintas de cintura que, en ocasiones, desorientaron al campeón que, repetimos, jamás tuvo interés en modificar aquel precario estilo de contra que deslucía su habitual filigrana combativa.
Resulta curioso registrar que el trío de jueces formado por Dane Ford (Nevada), Stanley Christodoulos (Sudáfrica) y Anek Kingtongkam (Tailandia), diesen la misma puntuación favorable a Shane Mosley: 115-113, veredicto que el cronista cree justo dadas las penurias de Óscar y la entrega absoluta de Mosley que, al final, parecía dispuesto a disputar otros doce rounds contra su rival.

Pobre rival para el ‘Lince’. Javier Castillejo, que saltó al ring de Leganés vestido como de astronauta y a los habituales sones de Azúcar Moreno, se mostraba fornido y potente. Pero su relampagueante triunfo puede considerarse todo un espejismo. A su rival, el colombiano Ignacio Soler, flácido, torpe y lento en sus evoluciones, de nada le sirvió su valentía suicida. Estos combates tan desproporcionados son contraproducentes. Más que adornar, deterioran el historial del madrileño, cuya actuación no le aporta ningún beneficio, ni físico ni psíquico, y va en detrimento de un público, que si hoy aplaude al paisano, mañana no podría hacer lo mismo, si a éste se le sigue brindando púgiles como, primero, Diego Castillo, otro colombiano, que no le duró un asalto al Lince de Parla y, ahora, a Ignacio Soler, al que el árbitro, Vázquez Marcos, con los recomendables reflejos que debe tener un director de combate, le evitó en el segundo asalto un innecesario calvario.
En la misma velada del Castillejo-Soler, el ex campeón mundial, el aragonés José Antonio López Bueno -de nuevo aspirante al título continental de los moscas- se enfrentó al venezolano Manuel Sequera, en una "pelea de puro trámite". Pero Sequera, zurdo, rústico y puncheur, no sólo envió en dos ocasiones a la lona al maño, sino que nos descubrió que éste ha perdido, en un gran porcentaje, la potencia y el ardor combativo que antaño lucía.
Lo lamentable de esta contienda, aparte del bajo papel que desempeñó el ex titular universal, fue la vergonzosa victoria que el trío de jueces españoles regaló al boxeador aragonés, apoyada, quizás, por una disparatada amonestación que el árbitro, también de cercanías, había dirigido al púgil venezolano.